Como docente en la plenitud de la vida, por no decir otra cosa, hay ciertos sabores amargos que me encantan e incluso me retrotraen a unos felices tiempos pasados. El Bitter Kas, una pinta de Guinness, la tónica Finley, las endivias, unas aceitunas partidas o un café espresso, los encuentro deliciosos gracias a ese gusto amargo que se fija en el paladar. Aviso: contenido no patrocinado. A pesar de que esa tendencia por lo amargo dicen los estudios que tiene algo de antisocial (no sé qué dirán al respecto los irlandeses e italianos) y casi hay que esconderla.
En cualquier caso, el motivo de estas líneas no tienen nada que ver con mi dieta personal ni pretende ser una terapia regresiva. Venía a despotricar de la amargura que a menudo desprendemos a nivel profesional. Hay personas que han convertido en un hábito el destile de notas amargas. Y no hablo de los baches en el trabajo o de aquellas penosas circunstancias personales que todos atravesamos en algún momento; ni de esos altibajos que nos desmoralizan en ocasiones puntuales y que nos llevan a un desánimo pasajero. El aula es intrínsecamente intensa. Hay quien parece haber convertido la queja y el "cualquier mundo pasado fue mejor" en su modus vivendi para fastidio o hastío de sus colegas.
Sinceramente, parece que la amargura se extiende entre el profesorado, a pesar de que vivimos en una época con relativamente un buen nivel de empleo docente (aunque con una salario que ha perdido poder adquisitivo), como consecuencia de una saturación en las tareas que no son meramente docentes o de una mayor complejidad o falta de comprensión de la juventud que habita las aulas. Quizás no estamos bien preparados para unos cambios que se pronosticaban hace demasiado tiempo y que, debido a una generalizada complacencia, no hemos sabido prevenir. Hemos querido ofrecer las mismas recetas cuando los ingredientes nos los estaban cambiando. Y hay quienes, con ese amargor perenne, pretenden culpar a unos padres y madres que bien pudieran ser ellos mismos por la edad de sus alumnos, mientras no manifiestan ninguna querencia por el cambio como si la parálisis fuera obligatoria y deseable.
Cuanto más se nos complica la profesión más amargura se destila. La correlación parece evidente. Los tiempos (inexistentes) donde todo era corrección y atención en el aula son un paraíso perdido que todos añoramos varias veces a la semana. A pesar de que también hay buenas jornadas lectivas donde te acuestas con la sensación de haber sido escuchado durante un buen rato. Ya sabemos que la solución no está en endulzarlo todo y tratar de camuflar esta complejidad con una capa de dulce buenismo. El azúcar parece ser que aumenta la ansiedad. Pero tampoco podemos caer en el desánimo mientras pasan las jornadas como si atravesáramos un páramo interminable que solo finaliza cuando nos aproximamos a la jubilación.
Tenemos estos mimbres, y a pesar de las múltiples iniciativas, cambios, formaciones o novedades legislativas, me parece que nos hemos mirado mucho el ombligo demandando mejoras personales para desarrollar nuestros cargos, pero sin poner el acento en esas iniciativas colectivas que transforman la educación. Nos ponemos difícilmente de acuerdo en la burocracia a cumplimentar. Por no hablar de los bandazos educativos que en los últimos tiempos hemos cometido. Seguimos anclados en nuestras parcelas, y, aunque la digitalización ha supuesto la aceleración de muchos procesos de enseñanza y aprendizaje, despotricamos por igual de una administración aletargada que suele llegar mal y tarde y unos centros educativos que se paralizan porque prima la defensa de los statu quo individuales.
La creciente carga de trabajo no disminuye con mayores dosis de amargor. Como en cualquier asunto humano, la subjetividad en el gusto marca nuestra reacción ante situaciones que nos resultan ásperas y que exigen lo mejor de nosotros mismos. Nos han tocado vivir unos tiempos que, sin duda alguna, pueden empeorar en todos los niveles. Pero, pecar de agoreros no nos suavizará esa travesía que a ratos nos resulta desoladora. Compartir avíos y apoyarse mutuamente, sin rehuir nuestro cumplimiento y evolución, es necesario para seguir dando oportunidades a nuestros alumnos y no caer en la amargura. Hoy toca bíter. Feliz semana.


