HAGAMOS POSIBLE OTRA FP

viernes, 26 de junio de 2026

 


 

He tenido la fortuna de visitar distintos centros públicos o privados de Formación Profesional a lo largo y ancho de toda España. Desde Andalucía hasta Galicia, o desde Baleares hasta León, el profesorado solemos tener inquietudes comunes: necesidad de más recursos, ya sea en instalaciones modernizadas o equipamiento técnico actualizado; mayor cercanía al sector profesional a la hora de programar los módulos; falta de trabajo en equipo y coordinación docente por cuestiones organizativas del centro o por escasa cultura de trabajo cooperativo del profesorado; competencia digital docente desigual o descoordinada; o falta de herramientas para motivar al alumnado y buscar su implicación en el aula. 

 

Por suerte, el profesorado de FP suele mostrar muy buena disposición para afrontar los cambios a los que nos obliga la nueva normativa que surge cada curso o los avances que se producen en nuestro entorno profesional más cercano. Habitualmente, el problema para superar estos avatares no viene solo de esa falta de recursos antes mencionada sino también de una falta de visión estratégica donde es preciso buscar sentido pedagógico a la norma y, al mismo tiempo, ser capaces de implementar medidas que resulten sensatas y útiles a nuestros propósitos: un aprendizaje auténtico y mayor conexión con la empresa. Todo sea por la empleabilidad y futuro de un alumnado falto de certezas. 

 

El problema viene cuando no se entiende esa flexibilidad a la que alude la norma máxima que ahora mismo rige el sistema de Formación Profesional; la Ley Orgánica 3/2022, de 31 de marzo, de ordenación e integración de la Formación Profesional que señala en su artículo 1:

 

La finalidad de la norma es regular un régimen de formación y acompañamiento profesionales que, sirviendo al fortalecimiento, la competitividad y la sostenibilidad de la economía española, sea capaz de responder con flexibilidad a los intereses, las expectativas y las aspiraciones de cualificación profesional de las personas a lo largo de su vida y a las competencias demandadas por las nuevas necesidades productivas y sectoriales tanto para el aumento de la productividad como para la generación de empleo. 

 

Podríamos desgranar aún más la mención a la flexibilidad o a la autonomía de los centros que se hace desde las distintas normas que vienen ordenando la FP en los dos últimos años. Sin embargo, somos en ocasiones nosotros mismo quienes ponemos palos en las ruedas a cualquier tipo de cambio que reordene o transforme lo que venimos haciendo y que es manifiestamente mejorable. Desde la Administración educativa, inspección o técnicos, equipos directivos, consultores de calidad u otros responsables académicos, se coarta esa flexibilidad de la mano de una mala interpretación de un sistema de FP que nos orienta, dentro de un determinado marco, hacia la innovación y la adaptación de nuestros módulos y las diferentes competencias que surgen con el tiempo. Y aquí el algodón no engaña: si andamos más ocupados justificándonos que mejorando la enseñanza, algo está fallando con la aplicación normativa.

 

Seguimos perdiendo el tiempo en reuniones donde debatimos más sobre porcentajes que sobre competencias. Acabamos abrumados y desmotivados por tareas que solo suponen cumplimentar fichas intrascendentes. Nos devanamos los sesos reordenando hojas de cálculo con tal de cuadrar al milímetro los resultados de aprendizaje y criterios de evaluación que son manifiestamente inalcanzables.Y así seguimos engordando ese museo virtual donde duerme la documentación acumulada de miles de docentes. 

 

Al final, todos esos asuntos que sabemos son primordiales acaban relegados a un segundo plano mientras nos colgamos la medalla del buen cumplidor. Pese a los pocos días que quedan para cerrar el curso, sigo insistiendo en la necesidad de cuestionarnos la organización interna a pesar de los límites que nos autoimponemos a menudo por evitar cualquier tipo de conflicto. ¿Estamos innovando en nuestros ciclos? ¿Trabajamos realmente en equipo con los compañero y sabemos enseñar a hacerlo al alumnado? ¿Promovemos y destacamos la evaluación de las competencias para la empleabilidad o personales de los estudiantes? ¿Tenemos un plan y un marco de actuación que impulse las competencias digitales del profesorado y la introducción de la inteligencia artificial en las aulas? ¿Sabemos llevar a cabo una evaluación formativa real? ¿Hacemos algo con todos lo datos que recogemos durante el curso? ¿Medimos lo que no funciona o aquello que nos ayuda a avanzar y cumplir con nuestra misión como centro educativo?

 

Estas y otras muchas preguntas que planteo me parecen necesarias para que, ahora que andamos de capa caída, no sigamos tirándonos piedras en nuestro propio tejado. Pensemos y diseñemos situaciones de aprendizaje valiosas para nuestro alumnado y sin perder demasiado el tiempo malabarismos legales que cualquier herramienta de IA generativa nos podrá resolver y justificar ante cualquier burócrata. Atendamos al espíritu de la norma y a ese sentido común que nuestra experiencia señala; pero sin perder de vista que toda transformación educativa requiere, además de prueba y error, un conocimiento profundo tanto a nivel técnico como pedagógico. Ya que tengo la sensación de que a menudo nos quedamos en las formas. Seamos flexibles. Evitemos redundancias y trabas para lograr una Formación Profesional más posible y actual. 

 

Foto de Joao Vitor Marcilio en Unsplash

¿QUÉ SENTIDO TIENE LA FP?

miércoles, 17 de junio de 2026

 


Parece que nunca es el momento adecuado para hacernos las preguntas idóneas. Cuando arrancamos el curso debemos coger carrerilla y dejar todo listo para una primera semana donde lo primordial es tener los módulos listos para su presentación y reordenar ideas olvidadas tras un verano que siempre se antoja corto. Luego viene ese primer trimestre que nos pone a prueba con nuevos grupos y alumnos que suelen deparar alguna que otra sorpresa transformada en nuevas y viejas preocupaciones que es necesario salvar; sin contar con la fortuna de tener que preparar un módulo nuevo y encajar su correspondiente programación con sus respectivos resultados de aprendizaje. Tras las navidades el nivel de agotamiento o saturación se ha nivelado un poco, pero también es habitual afrontar una ligera cuesta donde comienzan las urgencias por un currículo que se torna inalcanzable o porque resulta complicado tener empresas para formar a todo el alumnado. Más adelante se aproxima ese tercer trimestre donde debiéramos tener más tiempo para trabajar o reflexionar sobre aquello que no pudimos terminar en su momento, pero que acaba siendo un período donde el papeleo ocupa demasiado tiempo mientras las fuerzas se agotan.

 

Y ahora, cuando ya estamos cerrando el curso con evaluaciones extraordinarias o se cierra la formación en las empresas de buena parte del alumnado, seguimos enfrascados en la incertidumbre o con dudas sobre cómo cumplir con la normativa mientras pasamos de refilón por aquello que más importa. Y así continuamos ocupados sin esa necesaria reflexión o afincados en la crítica a la organización académica y a una legislación que llega tarde y/o mal y que impide centrarnos en cómo enseñar mejor para que nuestro alumnado aprenda en un entorno que cambia a pesar nuestro. Estamos en este momento a punto de poner el piloto automático con la vista en un verano que haga borrón y cuenta nueva antes de un septiembre donde volveremos a ese curso de la marmota que poco ayuda a recordarnos la relevancia social que tiene nuestra labor docente. Salvo en momentos puntuales. 

 

E insistimos con las prisas y camuflando la falta de dedicación a un trabajo en equipo sostenido con demasiadas ocurrencias y poco sosiego. Escasas lecturas y mucha inteligencia artificial para automatizar tareas en una profesión que requiere diálogo con conocimiento y menos eslóganes donde todo tiempo pasado fue mejor pero que no me quiten la IA. Continuamos requiriendo formación presencial de calidad que abra debates y nos ayude a colaborar con el profesorado de nuestro ciclo. Sin olvidar esa parte técnica que ahora, con toda la tecnología facilitadora de por medio, requiere tomar decisiones pedagógicas y formativas de peso para dar el valor añadido que requieren los estudiantes ante unos powerpoints con garantía depresora. La elocuencia, la escucha, el diálogo, la lectura y el debate son magníficas alternativas en un mundo que demanda profundidad frente a la estulticia y aceleración de las redes; y como consecuencia de esas herramientas generadoras de contenidos que nos mejoran como productores pero no como personas. 

 

Las profecías de un entorno cambiante y convulso nos han cogido con el pie cambiado. Y mira que en FP estábamos advertidos tras decenas de congresos donde nos congratulábamos con este porvenir inquietante del que ahora protestamos. Pese a las alarmas, tengo la sensación de que seguimos actuando a base de lemas pero sin referencias clarificadoras e inspiradoras mientras buscamos encajar lo que ya veníamos haciendo con unas normas que se suponía venían a mejorar lo hasta ahora practicado. Demasiado desconcierto y fragmentación. De hecho, tras dos cursos con el nuevo sistema de Formación Profesional, seguimos más preocupados en cómo reflejar una calificación final que en la manera de hacer más competentes y mejor personas a todos esos chicos y chicas que nos eligen para sortear un futuro incierto. Seguimos sin guías claras para trabajar las competencias para la empleabilidad, motivar al alumnado, encauzar una evaluación formativa sin caer un una guerra de filas y columnas, gestionar un proyecto intermodular o aplicar esas técnicas para el aprendizaje que tampoco parecen resolver los másteres del profesorado. La innovación se quedó en concursos para obtener recursos. SOS.

 

En mi opinión, nuestro futuro como docentes sigue pasando por comprender al alumnado y hacerles entender la necesidad de ser personas autónomas y resolutivas con las herramientas que la tecnología nos ofrece; pero resaltando la faceta social que precisarán en un mundo que tiende al ensimismamiento mientras les promete un empleo para malvivir entretenidos con una oferta de ocio interminable donde solo cabe el ahorro por herencia. Los afortunados de cuna mantendrán el estatus pero la gran mayoría de jóvenes requieren una FP que les abra puertas y les haga caer en la cuenta de que necesitan invertir en conocimiento y valores como forma de evitar esa estafa en forma de pantalla que todos acusamos. Una FP que cargue sus alforjas para facilitar su desarrollo personal, motive su autenticidad y les encamine a buscar un propósito de servicio que, junto a un sueldo decente, nos ayuda a dar sentido a la vida. 

 

Foto de Thomas Griggs en Unsplash
Con la tecnología de Blogger.

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